martes, 29 de octubre de 2013



   La Resurrección objeto y sentido de la fe cristiana

En este año hemos escuchado tanto sobre la fe, que vale la pena detenernos aunque sea brevemente, en este acontecimiento que marca un doble valor en nuestra fe.   Por un lado es el punto culminante y objeto de la Revelación, y a su vez, es su acreditación suprema y máximo motivo de credibilidad, tal como nos recuerda San Pablo “si Cristo no ha resucitado nuestra predicación es vana y vana es nuestra fe” (1Co 15, 14), que le da sentido a nuestra fe cristiana. Para realizar este camino nos proponemos ver estos dos aspectos por separado.

A. La resurrección objeto de la fe cristiana
La resurrección como tal no es un hecho comprobable en una historia positivista, esto por varios factores, entre ellos que los datos que tenemos se suscriben a la experiencia de un grupo, donde se nos dan unos datos narrativos, pero no son explicativos del hecho. Por otro lado, es un acontecimiento que trasciende la historia y nuestras categorías espacio-temporales. “La resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención trascendente de Dios mismo en la creación y en la historia”[1].

Por tanto, como actuación de Dios, la resurrección supone la fe para adherirnos a ella. De ahí que para tener un acceso a la resurrección debemos hacerlo desde la fe. La resurrección de Jesucristo es, pues, al mismo tiempo punto culminante de la historia de la salvación y, por tanto, objeto central de la fe, que implica –como clave de bóveda y coronación de todo el edificio de la revelación– todos los misterios revelados. Todos los otros signos de credibilidad hechos por Jesús –milagros y profecías– convergen en el "signo de Jonás[2].

Como acreditación suprema de la fe, está conectada con una serie de signos históricos atestiguados por el Nuevo Testamento[3], tales como la muerte de Jesús, la situación de los discípulos, la sepultura, el sepulcro vacío, el primer anuncio a las mujeres, las apariciones, la comunidad reunida, germen de la Iglesia (nacida casi en lo oculto del costado abierto de Cristo, y manifestada como tal en Pentecostés), la primera predicación apostólica.

Dentro de estos elementos el descubrimiento del sepulcro abierto y vacio es la única narración de Pascua compartida por los tres sinópticos y reflejada en Juan. Sin embargo debido a los detalles que ofrecen los textos, y a los continuo estudios que se han realizado en torno a este aspecto debemos, ver este acontecimiento como una dato que viene marcado desde ya por una vivencia de fe.  

Por tanto, el sepulcro vacio, no se refiere a sí mismo a una evidencia única del hecho de la resurrección[4], sino que se encuentra de alguna manera iluminado por la fe. Para muchos este pasaje es tardío y viene a desempeñar una función teológica y apologética para defender el carácter histórico de la resurrección ante algunas distorsiones que se había dando en el seno de la comunidad. Las discusiones del valor de la tumba vacía sigue trayendo polémica aun hoy, lo que si podemos precisar a este respecto que la tumba vacía desde los orígenes, posee un carácter kerigmático que proclama la exaltación de Cristo, y que a pesar de las críticas que se levanta a su entorno es un elemento de fe, que le permitió a la comunidad iniciar un proceso de acercarse al misterio de la resurrección.

Por otro lado las apariciones del resucitado, vienen atestiguar la aceptación de la fe por iniciativa de Dios,  ya que es el Resucitado quien tiene la iniciativa, así lo afirma San Pablo, cuando precisa que “Dios es el que dijo: de las tinieblas brillará la luz; es él que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para hacer resplandecer el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2Cor 4,6). Tras la crisis de la cruz Jesús se encuentra con los discípulos dándoles múltiples señales de su resurrección y otorgándoles con esto un cambio en su historia y en su visión mesiánica.

Por tanto, la autopresentación libre y el encuentro[5] con el Crucificado Resucitado entre sus discípulos, certifican y hasta cierto punto es eje central que va a permitir que la fe en Jesus se fundamente aun más. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos (CIC 642). Al respecto de este dato podemos hablar de un acontecimiento histórico palpable, el cambio que se opera en los discípulos después de la apariciones y que van llevando a la formación de la Iglesia.

De ahí que se pueda sustentar este dato apelando a la historia, pero no una historia-positivista, ya que se trata en última instancia de la experiencia y la vivencia de unos pocos, a la cual los demás asintieron por el testimonio de estos primeros.  Este acontecimiento se convierte en lo único verificable dentro del hecho de la resurrección[6], por la trascendencia que tiene el cambio drástico de los discípulos, con pérdida del temor, la misión, su regreso a Jerusalén y su martirio. Son elementos que nos hablan de un encuentro radical, que no pudo haber sido con un muerto o con una mera idea o doctrina.

Por otro lado debemos decir también que esta experiencia de fe de los primeros cristianos es lo que de la sentido a la fe de Iglesia de todos los tiempos, esto porque actualiza en cada momento la persona de Jesús, gracias a este encuentro Jesús como figura histórica no ha quedado rezagada en el pasado, aquí se evidencia la importancia de la resurrección en la permanencia en el tiempo de la figura de Jesús”[7], es decir, la resurrección permite que Jesús no se pierda en el tiempo, sino que es actual hoy tanto como lo fue ayer. Porque como acto de fe da sentido a la persona y no se pierde en tiempo, sino que donde haya personas que puedan adherirse a esta fe, ahí se hará presente nuevamente.

B. La resurrección como sentido de la fe cristiana
Desde los orígenes del cristianismo la resurrección ha sido la novedad  del sentido, es el anuncio central que reúne la comunidad dispersa por el temor, es además el eje hermenéutico que se utiliza para releer la vida de Cristo y de su Iglesia. Según Rahner la resurrección es el tema central de la fe, porque es la culminación de la obra salvadora de Dios en el mundo y entre los hombres, en la que Dios se comunica de modo irrevocable y por eso escoge al mundo para salvarlo de modo definitivo, de suerte que solo falta l realización y manifestación de lo que sucedió en la resurrección de Jesús. Siguiendo esto nos percatamos de la trascendencia que juega para la fe la resurrección, como sello revelador de Dios y que comienza a darse en Cristo en prefiguración a toda la humanidad, si Cristo ha resucitado también nosotros resucitaremos con él, afirma San Pablo.

La resurrección le da sentido a nuestra vida, porque se sitúa en un horizonte de esperanza de la resurrección de todos en general (1 Cor 15,13), esto queda evidenciado en el evangelio de Mateo con la narración exclusiva que hace de la muerte de Jesús donde afirma que los sepulcros se abrieron (Mt 27, 52s). En la resurrección mi vida toma sentido porque reconozco que la muerte no puede romper mi relación con Dios, porque a partir de Cristo queda descubierto que él que cree en sus palabras no se puede perder para siempre de la mirada de Dios.

De ahí que la resurrección sea visto por muchos como el nervio de la fe cristiana, llegando a decir que es el axioma de la teología cristiana desde donde se proyecta la luz sobre todos los demás axiomas[8], esto quiere decir, que la fe en la resurrección no puede ser marginalizada, ni muchos menos puesta como un acontecimiento que paso y que por así decirlo despierta unas conciencias dormidas, sino que debemos desde la teología seguir conociendo la estructura fundamental de la fe cristiana a partir de la resurrección.

A este respecto se puede decir que solo porque Jesús ha resucitado se convierte en criterio valido que da sentido a nuestra existencia[9], es lo que le da vida a nuestra vida de fe, es verdaderamente lo que hace novedoso el cristianismo, que no es una religión de un libro, sino de una Persona, que  es Dios mismo encarnado, en mi naturaleza dándole sentido a lo que yo soy. Mi humanidad ya no es la misma, es una humanidad en relación a lo trascendente. Cristo en su resurrección nos da nueva vida y en esta nueva vida se encuentra el sentido a nuestra vivencia y a la fe que profesamos.

Por esta razón podemos decir junto al beato Juan Pablo II, “que la resurrección de Cristo es el mayor evento en la historia de la salvación y, más aún, podemos decir que en la historia de la humanidad, puesto que da sentido definitivo al mundo. Todo el mundo gira en torno a la Cruz, pero la cruz sólo alcanza en la resurrección su pleno significado de evento salvífico. Cruz y resurrección forman el único misterio pascual, en el que tiene su centro la historia del mundo. Por eso, la Pascua es la solemnidad mayor de la Iglesia: ésta celebra y renueva cada año este evento, cargado de todos los anuncios del Antiguo Testamento, comenzando por el Protoevangelio de la redención, y de todas las esperanzas y las expectativas escatológicas que se proyectan hacia la plenitud del tiempo, que se llevó a cabo cuando el reino de Dios entró definitivamente en la historia del hombre y en el orden universal de salvación"[10]

Eso que lo que permite que el cristiano de hoy continúe dando testimonio de la Resurrección ya que como los discípulos de Emaús, realiza continuamente en su vida diaria la experiencia reveladora de Dios desde el Resucitado, presente en la Palabra, en la Eucaristía y en la Comunidad apostólica. La resurrección se convierte no en un elemento meramente teológico o histórico, sino en una vivencia real que cada día, me da vida y esperanza, ya que en la victoria de Cristo siento mi victoria.


Conclusión
El misterio pascual de Cristo, que se convierte en cúspide de la historia, y centro de llegada de todas las profecías, como veíamos anteriormente, ya desde el Antiguo Testamento;  pasando por la experiencia de un pueblo que fue buscando sentido en un Dios que no se deja vencer por la muerte. Que llega a su plenitud en Cristo que lo lleva hasta el último momento, y que en la Iglesia a través de sus distintas tradiciones, ha llegado hasta  nuestros días, sigue siendo una novedad para los cristianos de hoy, como lo fue para los cristianos de ayer. Continua dando sentido a nuestro peregrinar, porque es objeto vivo de nuestra fe, que tiene en sí mismo la fuerza de hacer que muchos al igual que San Pablo, dejen todo para ser de Cristo.
Por tanto, la resurrección como sentido y objeto de la fe cristiana se convierte en tema que ilumina el resto[11], es decir, toda nuestra vida, todo lo que la Iglesia realiza en cuanto Esposa de Cristo y Sacramento vivo de Cristo en medio del mundo. Ilumina además y de una forma contundente toda reflexión teológica de la Iglesia, toda su vivencia se dirige hacia la resurrección porque parte de ella como fundamento de vida cristiana.

En la resurrección nuestra naturaleza es deificada en Cristo, como dice San Agustín en Cristo fuimos también levantados nosotros a una gloria divina, por eso, la resurrección siempre tiene algo nuevo que decirnos.

Finalmente, hemos de ver la resurrección como acontecimiento que nos interpela, y nos permite reconocer  que Cristo permanece con nosotros y nosotros, a su vez por la fe permaneceremos siempre en él. Por este misterio, la historia humana ya no está destinada a la caducidad, sino que tiene un sentido y una dirección: ha sido  fecundada por la eternidad. El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (Jn 6, 54).





[1] cf. CIC 648
[2]J. Ferrer, La resurrección de Cristo, centro del misterio del tiempo y recapitulación de la historia salvífica hasta la parusía, Navarra 2001, p. 389.
[3] Ibíd., p.  390.
[4] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección, Madrid 2011, Pp. 295-296
[5] H. Kessler, La resurrección de Jesús. Aspecto bíblico, teológico y sistemático, Salamanca 1989, p. 170
[6] Ibíd.,  p. 113
[7] H. Kessler: o.c., p. 15
[8] H. Kessler: o.c., p. 217
[9] J. Ratzinger, Jesus de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección, Madrid 2011, p. 282.
[10] JUAN PABLO II, Audiencia general 22–II–89.
[11] H. Kessler: o.c., p. 14