jueves, 2 de mayo de 2013

El Obispo de Roma. Un estudio sobre el papado. Jean Marie Rene Tillard.


            El deseo de unidad de toda la iglesia ha surgido con más fuerza luego del Concilio Vaticano II. Las diversas iglesias se han pronunciado sobre la disposición de volver a comulgar con la iglesia católica. Existen obstáculos que no hacen tan fácil volver a conciliar las iglesias. El más grave es quizás el papel del obispo de Roma, el cual, a lo largo de la historia ha adquirido un poder por encima de todos los obispos, llegando a ser como el monarca absoluto de la Iglesia de Dios. El problema de su prepotente autoridad sigue siendo el gran obstáculo para la unidad de toda la iglesia.
            En este estudio sobre el papado, el autor trata de volver a las raíces de este, de donde le viene su autoridad, y cuál es su función entre los demás obispos. Si se quiere volver a la unidad, hay que recurrir a los primeros siglos de la iglesia indivisa, en donde el papel del obispo de Roma era reconocido por todas las iglesias, pero no con la potestad que tiene hoy día. Por eso, veremos tres puntos: primero como el papa se ha convertido en algo más que un papa; segundo, el papa como obispo de Roma y lo que esto conlleva, y por último, el papa al servicio de la unidad, tratando de mostrar cual es la verdadera función del obispo de Roma. 

1.                 El papa… ¿Algo más que un papa?
            A partir de la época postconciliar y del dialogo ecuménico, existe el deseo de restablecer la comunión con Roma, pero antes este gran deseo, siempre aparece un espinoso problema: ¿Cuál es la función que la gran Tradición reconoce como propia del papado? Ya en los dos concilios del Vaticano se formularon definiciones de la función del obispo de Roma, pero sin tener en cuenta el deseo de las iglesias, algunas de las cuales se han mantenido dentro de la Tradición apostólica. ¿No habría que releer dichas definiciones en función de la nueva situación creada por la voluntad ecuménica de la comunión eclesial?
            Hay un nuevo contexto ecuménico. La iglesia ortodoxa sostiene que desde que se empezó a considerar la potestad episcopal del obispo de Roma, como fundamentalmente distinta de la potestad de los demás obispo, se perdió la posibilidad de comunión con la ortodoxia. Cuando el papa basa su potestad en la sucesión de Pedro y no en la sucesión episcopal, universal y apostólica se aísla a sí mismo de los demás obispos y de toda la iglesia. Ahora bien, la ortodoxia sí reconoce al obispo de Roma como el primero entre los demás obispo, admite un primado, pero no como Sumo Pontífice, sino como primero entre iguales. A pesar de las afirmaciones de los concilios Vaticano I y II, la iglesia ortodoxa sigue reconociendo  y honrando una cierta praxis que perpetúa el papel que la sede romana tuvo en los grandes momentos de la Iglesia indivisa, y realiza una serie de gestos que muestran que, a pesar de la ruptura, se continúa mirando hacia la antigua Roma como la primera en honor y en orden en el organismo de las iglesias cristianas extendidas por todo el mundo.
            Las iglesias luteranas también abogan por un cierto acercamiento y unidad. Estos ven la necesidad de un ministerio específico para mantener la unidad de la iglesia y su misión universal. Ellos ven como necesario, especialmente en el terreno jurídico, que el primado pontificio se estructure e interprete de tal modo que sirva claramente al Evangelio y a la unidad de la Iglesia de Cristo, y que el ejercicio de su poder no ahogue la libertad cristiana. Los luteranos ven que el servicio a la unidad no es una consecuencia del primado romano, sino su justificación.
            Estos grandes bloques eclesiales intentan descubrir cómo pueden en una Iglesia reunificada, contribuir a un ejercicio del primado que responda plenamente a las exigencias evangélicas.
            ¿Cuál puede ser la reacción de la iglesia católica-romana? Siendo conscientes de que el contexto actual no nos permite volver a la situación anterior a las rupturas, la Iglesia católica debe sentirse también interpelada, llamada a modificar, si es necesario, algunas de sus actitudes. Ya Pablo VI en 1967, ante el Secretariado para la unidad de la iglesia decía: “El papa es el obstáculo más grave en el camino del ecumenismo. ¿Qué diremos? ¿Tendremos que apelar una vez más a los títulos que justifican nuestra misión? ¿Tendremos que intentar presentarlas en sus términos exactos, tan real cual quiere serlo, como principio indispensable de verdad, de caridad y de unidad? ¿Misión pastoral de dirección, de servicio y de hermandad?[1]
Una definición del papado.
            Para que sea posible una relectura ecuménica de la definición del papado, hay que plantearse la cuestión desde el seno de la tradición católica de que ¿no es el papa algo más que un papa? La visión católica ordinaria del papado es maximilizante, hace del papa algo más de lo que en realidad es. Esta visión de hacer del papa algo más que un papa, llegó a su punto más alto con el Vaticano I, en donde los ultramontanistas presentaban al papa como la autoridad que el universo necesita para mantener la cohesión frente a las fuerzas destructoras que le asaltan. En este contexto ultramontano, siendo papa Pio IX, se promulga la Constitución Pastor aeternus, de la cual cabe resaltar tres puntos: a) el ministerio de pontífice romano es visto como un servicio a la unidad de todo el pueblo de Dios. b) la iglesia romana, en virtud de su origen superior, es hacia donde deben de volverse todas las iglesias y fieles, a fin de que todos sean uno en esta santa sede. La iglesia romana posee sobre todas las demás, por designio del Señor, un primado de poder ordinario, y que es inmediato. c) la infabilidad de la que goza el pontífice romano, en determinadas circunstancias y bajo determinadas condiciones, es aquella de la que Cristo ha provisto a su iglesia. Es bajo este pensamiento, que se formará la conciencia católica, para la cual, la iglesia tiene un “jefe” con unas características que hacen de él algo más que un papa.
            El Vaticano II concibe la iglesia, en su estatus terreno, a partir de los obispos, a quienes declara sucesores de los apóstoles, los cuales constituyen todos juntos el fundamento de la iglesia universal. Ya no se va desde el papa a los obispos, sino de los obispos al papa. La iglesia está fundamentada en los apóstoles que tienen por cabeza al papa. Se sitúa la función del pontífice dentro de esta apostolicidad. Ya no es vicario de Cristo, sino que todos los obispos son verdaderamente vicarios y legados de Cristo (LG 27). Un papa que fuese vicario de Cristo sería algo más que un papa; tampoco es el jefe, sino que todos los obispos, en virtud de la institución divina, rigen la casa del Dios vivo (LG 18). Se da el paso de una eclesiología que parte de la idea de iglesia universal a una eclesiología que concibe la iglesia como la comunión de todas las iglesias locales; la iglesia universal resulta de la comunión de las iglesias locales. Cuando se trata de situar al pontífice supremo por encima de los obispos, con una especie de halo pseudo-sacramental que le hiciera superar en dignidad al orden episcopal, significa hacer de él algo más que un papa. Aquí lo que se juega es el equilibrio entre el poder del obispo de Roma y el de los demás obispos en el colegio episcopal.
            Lo que ha prevalecido ha sido la concepción de que el colegio episcopal está al servicio del papa, y no a la inversa, como lo era para la gran tradición. En el decreto Christus Dominus (CD 8), se establece es que el papa tiene el privilegio, frente a sus hermanos obispos, de concederles jurídicamente potestades y privilegios, y que estos pueden ser retirados también por él mismo, en virtud de la potestad que posee sobre los demás. ¿Es esto hacer del papa algo más que un papa, y de los obispos algo menos que obispos?
            Esta visión maximalista del papado, se fundamenta en el hecho de que a quien denominamos romano pontífice, posee concretamente tres primados: como obispo de Roma detenta un primado regional, un primado patriarcal y un primado apostólico particular y único en el seno del colegio episcopal universal.
            Las raíces de este primado vienen desde los primeros siglos. Ya en Nicea se reconoce como una vieja costumbre la existencia de un primero regional (protos), ellos serán: Alejandría, Antioquía y Roma. Sin embrago, en la comunión de las iglesias y su primado, Roma ocupa un lugar especial: Roma detenta una función administrativa para las iglesias de Italia y occidente, pero no para todo el conjunto de las iglesias, pero sí detenta un cierto primado como punto de referencia y criterio de unidad. Luego la iglesia de Roma, empujada por las circunstancias y aprovechando situaciones favorables, tratará de unificar bajo un denominador común su primado regional, patriarcal y su responsabilidad apostólica particular en el seno de la comunión de las iglesias. Para comprender la diferencia entre la autoridad que exige la función específica del obispo de Roma en la comunión universal, y la pretensión nacida de la confusión de los diversos primados de la sede romana, nada mejor que evocar a dos personajes con actitudes totalmente contrarias. Primero está Gregorio Magno (590-604), el cual escribiéndole al patriarca de Alejandría, le dice: “por el rango sois mi hermano y por las costumbres mi padre…, y he aquí que en el encabezamiento de vuestra carta descubro ese soberbio titulo de papa universal, rechazado por mi…, mi propio honor lo constituye el sólido vigor de mis hermanos…, pero si vuestra santidad me trata a mí de papa universal, se rechaza a sí mismo aquello en lo cual me atribuís lo universal”[2]. La actitud contraria la podemos encontrar en los papas de la edad media, por ejemplo, Gregorio VII en su dictatus papae dice: “sólo el romano pontífice es digno de ser llamado universal; sólo él puede destituir o absolver a los obispos[3]. Luego con otros papas, se irán agregando algunas cosas más, como las dos espadas dada por Dios a la iglesia. Es una iglesia dependiente y centrada en el papado. Todo le ha sido confiado a Pedro y su sucesor. El papa está en medio camino entre Dios y el hombre, menos que Dios pero más que los hombres. Y se llegará a radicalizar diciendo que el papa es vicario de Dios, lo cual se usará para extender el poder papal más allá de todos los fieles. Ha quedado lejos el pensamiento de los papas de los siglos V y VI, que se consideraban como los que hacían las veces de Pedro, perpetuando en el seno de la comunión de los obispos el de una vez para siempre de su apostolado.
            En el deseo de unidad de las iglesias no se discute si es necesario un papa, sino que se pide a la iglesia católica que explique en qué puede consistir el primado romano en el supuesto de que el papa ya no sea algo más que un papa.

2.                 El papa: El obispo de Roma.
            La pregunta entonces es ¿Qué es el papa cuando no es algo más que un papa? Ya hemos visto la Pastor aeternus que trata de precisar el estatus del romano pontífice, sosteniendo que por disposición del Señor, este posee un primado sobre todas las iglesias y que la relación entre la sede y el obispo que la ocupa se trasluce en la atribución a este último de una infabilidad cuando habla desde su sede, y que esta infabilidad es la de toda la iglesia que es ejercida por aquel que habla desde su sede. Desde la antigua tradición, el primado que se le reconoce a Roma está vinculado, no a la persona de su obispo, sino al particular significado de la iglesia local de Roma en el conjunto de las iglesias locales. Son la dignidad o el privilegio de la sede los que de alguna manera contagian al que la ocupa. La iglesia local, que no podría existir sin su obispo, una vez fundada, le precede a este. La iglesia local en comunión con sus clérigos y laicos, es la primera y la depositaria de la apostolicidad. Los obispos se suceden unos a otros en su sede. Al tomar asiento de su cátedra, cada obispo se hace portador de la tradición de esa sede, es encargado de recibirla, defenderla, acrecentarla y mantenerla en la comunión de todas las iglesias. Por esta razón, si el obispo de Roma goza de unos ciertos privilegios ante los demás obispos, es porque los ha recibido del carácter inminente de su sede. No es en el obispo donde reposa la incomparable autoridad de Roma, sino en los comienzos mismos y en la historia, en la fe y en el amor, en la seriedad y abnegación de toda la Ecclesia Romana. La enseñanza mediante la palabra y el testimonio, enraizada en la gran tradición apostólica, confiere a la iglesia de Roma una autoridad y un prestigio que contagia también a aquel a quien el Espíritu pone a su cabeza. Por eso en los primeros siglos, el obispo de Roma es designado únicamente en relación con la calidad de su sede y en función de esta.
            ¿De dónde le viene entonces este primado a la iglesia de Roma en el seno de la comunión de todas las iglesias? El orden jerárquico de las iglesias se determina en función de la misión y el testimonio apostólico. No son los lugares consagrados por la vida y ministerio del Señor, sino aquellos lugares, en los que por el poder del Espíritu, ha arraigado el Evangelio de Dios para irradiar desde allí a la universalidad de los pueblos. Y la iglesia local de Roma es la primera entre las iglesias, no por ser la primera establecida porque no lo es, sino porque el martirio de Pedro y Pablo hizo de ella el lugar por excelencia del testimonio apostólico. Ya en el primer siglo se escribe sobre su testimonio martirial, y en 180 San Ireneo escribía: “hablaremos de la mayor de ellas, la más conocida y la más antigua de todas, fundada y constituida en Roma por los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo; la que posee la Tradición de los apóstoles y la fe anunciada a los hombres, llegada a nosotros en virtud de la sucesión episcopal…, es con esta iglesia, debido a su más poderoso origen, con la que ha de armonizar necesariamente toda iglesia[4]. La iglesia local de Roma, por haber sido el lugar donde enseñaron Pedro y Pablo y el escenario de su martirio, tiene pues, una autoridad especial, indiscutible, en cuanto que se trata de la norma de fe que se remonta al testimonio apostólico. El que Pedro y Pablo confieran a esta iglesia local una autoridad semejante va inseparablemente unido a su martirio en la ciudad que es reconocida como centro del imperio y a su calidad de apóstoles mayores, atestiguado en el libro de los Hechos. La importancia del martirio proviene del hecho de que representa el máximo criterio de autenticidad cristiana, el sello absoluto del testimonio evangélico. Además, la presencia de sus trofeos (su cuerpo y sepulcro) hace permanente, en la mentalidad de los primeros siglos, su pertenencia a la comunidad de Roma. Por esto, Roma es pues, la sede Pedro y Pablo. Ellos la han fundado.
            Pedro funda la iglesia romana, porque, junto con Pablo, mediante su enseñanza y martirio, hace de ella lo que es: la iglesia testigo de la fe evangélica. El peso de su autoridad es más de fe que de poderes, de ejemplaridad del testimonio más que de jurisdicción. Es la que recuerda la grande y gloriosa confesión de la fe apostólica, de la que ella ha sido testigo y sigue siendo depositaria, además de ser la que garantiza la autenticidad de la pertenencia a Cristo: hallarse en comunión con ella es tanto como estar vinculado a la gloriosa confesión de los dos apóstoles de la fe y, mediante ellos, al Señor.
            Aunque más tarde, cuando los particularismos se endurecen y se llega a la confrontación dogmatica, la comunión de las iglesias se verá comprometida al punto de empujar a Roma a hacer el papel de árbitro y juez, reivindicando para sí un amplio poder jurídico. Afirmará con más fuerza su puesto en la jerarquía de las iglesias, y pondrá el peso de su autoridad al servicio de la conservación de una unidad de que se siente pieza central.
            La cualidad de la iglesia de Roma, una vez consumada su fundación mediante el martirio de los dos apóstoles, se contagia al obispo que ocupa la sede de la ciudad y que preside en su cátedra. En cuanto obispo de la iglesia que posee la potentior principalitas entre las iglesias, será el primero entre los obispos. Y en cuanto que preside la vida de la iglesia que preside la caridad, tendrá un lugar privilegiado entre aquellos que han recibido del Espíritu el encargo de presidir la vida de sus iglesias. Su primado le viene del de su iglesia, la cual a su vez, se lo debe al testimonio de Pedro y Pablo. Por eso, su servicio debe ser en función de la piedra de toque, como punto de referencia, memorial de la fe de apostólica propia de la iglesia de Roma. Su tarea principal no será insistir en la imposición de decisiones autoritarias, sino que debe ser para sus hermanos como el vigilante, el centinela en el que puede confiarse. Y cuando ejerce su función de vigilar sobre todas las iglesias, posee un autentico liderazgo, que aunque no se actualice mediante el poder de imponer decisiones en virtud de su jurisdicción, tampoco se reduce a un primado honorifico carente de poder real, sino que a él le toca el intervenir a veces con autoridad, y en caso de necesidad grave, imponerse con energía.
            Pero el obispo de Roma no es sucesor de Pedro, sino vicario. No es posible un sucesor de Pedro, porque ningún otro es la persona de Pedro con todo aquello que confiere a su testimonio una importancia única frente al martirio de los demás confesores de la fe. Nadie puede sucederles en función de testigos, pero si se le puede suceder en una función de pastores y doctores para la guarda de las iglesias fundadas en su testimonio; se puede ser herederos de su responsabilidad evangelizadora. Por esta razón, no debe hablarse de “sucesor de Pedro”, sino de “vicario de Pedro” para designar al obispo de Roma en su relación, no con el primer obispo de Roma, sino con el fundador (junto a Pablo) de la iglesia de Roma. Los obispos de Roma se suceden para preservar la obra de Pedro y Pablo, y hacer presente hasta el fin de los tiempos el liderazgo que, sobre todo Pedro, fue llamado a ejercer en el “de una vez por todas” del acontecimiento apostólico, pues este “ephapax” es el lugar de la iglesia.
            Esta preeminencia de Pedro sobre los once, le viene de su confesión de la fe apostólica, y es por este acto de su confesión por lo que se convierte en el primero entre aquellos sobre los que el Señor funda su iglesia. En el NT se le atribuye una triple función a su primado: es primero en el sentido de que Cristo le confió las llaves del Reino, o sea, de que fue establecido como primer testigo de lo que hay que creer y de lo que hay que hacer si uno es cristiano; en segundo lugar, es primero en el sentido de que es a él a quien Cristo encargó confirmar a sus hermanos en el apostolado; y por último, es primero, en el sentido de que el Resucitado le encargó ser el pastor de la iglesias, es decir, mantenerla en la unidad, defenderla y asegurarle su pervivencia.
            En fin, el primado del obispo de Roma no equivale en absoluto al de un obispo colocado por encima de los obispos. Proviene del privilegio de una iglesia local, la de Roma. Y antes que un ejercicio de poder jurídico sobre las demás iglesias, este privilegio consiste en un deber: ser testigo de la fe que Pedro y Pablo confesaron. Es un privilegio de servicio, en el mismo sentido de las palabras que Lucas inserta en el relato de la ultima cena: “Que... el que gobierna sea como el que sirve… Simón... yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 26-32).

3.                  Al servicio de la comunión
            El papa es el obispo de Roma. La finalidad  misma del primado romano es el servicio a la comunión eclesial. Servir a la comunión manteniendo a las iglesias en la autenticidad de la confesión de fe apostólica y el respeto a los privilegios de cada una: ésta es la función que, como obispo de Roma, se siente llamado a ejercer en el seno de la koinonía eclesial.
            El ministerio del obispo de Roma no es ser la fuente de la comunión eclesial, pues la comunión como don del Espíritu se ofrece en cada Eucaristía, sino que consiste en guardar, defender y promover la comunión visible de los creyentes. Y al igual que Pedro, no es aquel a partir del cual se construye la iglesia de Dios, sino aquel que permite que el grupo apostólico llegue a ser, por su koinonía en la confesión de fe, el autentico fundamento de la misma, tampoco el obispo de Roma es aquel a partir del cual se construye la iglesia de Dios, sino aquel que permite que el ministerio de sus hermanos y co-obispos desemboque en la comunión de sus respectivas iglesias. No está por encima de la misión episcopal, sino en su seno y a su servicio.
            Con la interpretación que se le dio al papado hasta el Vaticano II, se puede pensar que existen dos potestades concurrentes en las iglesias locales, el del papa y el del obispo de la iglesia local. Pues al papa se le concede un cierto poder extraordinario en cada iglesia local. Pues bien, esta potestad existe en función del oficio y existe únicamente para que éste pueda ser ejercido. La potestad del obispo de Roma, dado que su oficio va esencialmente dirigido a la unidad de la iglesia, debe articularse con el de los demás obispos, encargados de construir la iglesia. Es una potestad plena y suprema, sin límite territorial, sobre todas las iglesias locales y todos los fieles. Pero esta universalidad es en orden a la edificación de la iglesia formalmente en su aspecto de comunión universal, o sea, tiene como objeto todo  cuanto garantice que la comunión, cuya responsabilidad tiene cada obispo en su iglesia local, desemboque en la católica y, por tanto, en una koinonía tal que la única e idéntica fe se halle en cada diócesis y en cada fiel.
            ¿Cómo se da la comunión entre el obispo de Roma y las iglesias locales? Lo primero es, que la iglesia local como koinonía de fe, de caridad y de esperanza, no es simplemente una parcela de la iglesia de Dios. Es la propia iglesia de Dios en una de sus manifestaciones y mediante la Eucaristía se encuentra unidad plena con las demás iglesias locales de cualquier parte del mundo. La función de su obispo consiste  en mantener a su iglesia en la unidad e identidad que hace que cualquier otra iglesia autentica se reconozca en ella; en la de permitir que la catolicidad de la iglesia se manifieste en un determinado lugar y en una determinada cultura. El obispo resulta ser no el vicario del romano pontífice, sino el vicario y delegado de Cristo en la iglesia particular que le ha sido confiada, ejerciendo en nombre de Cristo una potestad propia, ordinaria e inmediata.
            Entonces al papa le corresponde, respecto a las iglesias locales, desde el interior de la comunión episcopal, velar para que, gracias al ministerio de sus respectivos obispos, las iglesias permanezcan en tales condiciones de fe y de caridad que pueden reconocerse mutuamente unas a otras. Su función de primado no le coloca nunca fuera de los demás obispos, especialmente en los actos solemnes, como cuando tiene que proclamar una verdad “ex cathedra”. Es personalidad corporativa.
            El obispo de Roma, es entonces, el signo de la unidad. Las iglesias dispersas por el mundo no forman, sino una unidad en la fe cuyos testigos por excelencia siguen siendo Pedro y Pablo. La iglesia reconoce en su “primero” su propia identidad, su imagen, que se expresa en ese individuo concreto, el cual encarna el yo colectivo y en el cual se condensa el grupo. Sin embargo, no siempre la iglesia ha podido reconocer en el primado un modelo de santidad, sino que más bien refleja la imagen de pecado. Pero la santidad no significa simplemente perfección moral: santo es lo que pertenece a Dios, y en esta pertenencia la criatura permanece marcada por su fragilidad. Por eso, el obispo de Roma, ya sea un santo admirable o un escandaloso pecador, siempre queda absorbido en el testimonio de su sede, secuestrado por esa fidelidad al Evangelio de la que su iglesia romana, ya desde Pedro y Pablo, siempre ha querido dar testimonio, aun cuando su vida no siempre haya sido acorde con su enseñanza. El es el testigo de una sede santa, es el obispo de la Santa Sede.
            Cuando el papa interviene con su palabra se está remitiendo al testimonio apostólico.  Por eso, en determinados casos está llamado a intervenir en la iglesia local, especialmente si se pone en peligro la fe apostólica y la comunión eclesial. En cuanto a su infabilidad, esta significa que en determinadas circunstancias, tiene potestad para garantizar, sin engañarse, que una verdad pertenece verdaderamente a la Revelación. Pero esta infabilidad no es personal, sino que es el episcopado universal en comunión con el obispo de Roma y este en comunión con el episcopado universal y por ello con la fe universal de todos los cristianos; esta comunión es la que constituyen los órganos eclesiales que el Espíritu puede utilizar para dar un juicio infalible. La infabilidad del papa está en conexión con el colegio episcopal.
            Como ya he dicho antes, el papa interviene para salvaguardar la comunión de las iglesias. El tiene el deber de cumplir fielmente lo que viene exigido por el mantenimiento de las iglesias en la koinonía. Tiene el deber de actuar para el bien de toda la iglesia cuando percibe que, por falta de medios, una de estas iglesias se va deteriorando hasta el punto de ver amenazada si identidad o cuando, en una situación delicada, descuida el deber de adoptar las decisiones que sería preciso adoptar. Pero puede actuar también para la destrucción y no para la edificación de la iglesia si con su solicitud desborda el ámbito específico de su potestad primacial e invade el de los obispos de las otras iglesias. Y este es el principal problema, cuando el obispo de Roma sobrepasa su potestad por encima de los demás obispos.
            Si la iglesia católica, consciente de la inquietud de los demás cristianos por su excesiva centralización, aceptara restituir a las iglesias locales una gran parte de sus posibilidades de intervención, que ella misma ha convertido en deberes propios de intervención ¿atentaría contra lo más profundo de su visión eclesiológica? Mas bien, volvería a entroncar con su gran Tradición, y eliminaría una de las grandes dificultades que obstaculizan el camino hacia la Unidad con las iglesias hermanas. La iglesia se hace mediante la Eucaristía y el bautismo, no mediante el papado. Este no tiene sino la misión de dar a la Eucaristía su plena dimensión.
            El primado se halla en el interior de la comunión de fe y de caridad. No se haya en la cúspide desde la que todo desciende y hacia lo que todo sube. Es más bien, el centro en el que cada obispo puede reconocerse, leer la responsabilidad de su propia episkope, y del que puede demandar ayuda fraterna. Todo esto le viene de su iglesia de Roma y de los apóstoles Pedro y Pablo.

 Conclusión.
            En el contexto de los diálogos ecuménicos, es preciso preguntarse no solo si Roma está dispuesta a aceptar, sino si está dispuesta a dejarse interpelar por su contenido. Hemos visto, como existe la voluntad eclesial de la unidad. Hay que seguir preguntando si el obispo de Roma ¿no se ha convertido en algo más que un papa?
            Existe el convencimiento de que el primado romano pertenece al misterio de la iglesia peregrina en la tierra. No se puede prescindir de él sin atentar contra el plan de Dios. Sin embrago, hay que preguntarse si, a pesar de generosas y sinceras afirmaciones, la realización de dicho primado no sigue haciéndose a costa de otro atentado, esta vez en contra del episcopado. El obispo de Roma es el centinela que vela por el Pueblo de Dios, y en esto consiste su función, pero que muchas veces, en lugar de poner sobre aviso a los obispos, los auténticos pastores de la Iglesia de Dios, prefiere actuar como si fuera él el único verdaderamente responsable. A pesar de las afirmaciones del Vaticano II, aun no se consigue que las instituciones jurídicas pongan en marcha dichas palabras, sino que todavía el obispo de Roma sigue actuando en la soledad.



[1]Tillard, Jean Marie Rene. El obispo de Roma. Estudio sobre el papado. Sal Terrae, 1986, p. 32
[2]  Id., p. 75
[3]  Id., p. 77
[4] Id., p. 104